Las primeras obras literarias escritas en una lengua española aparecieron hacia el año 1040 de nuestra era. Su nacimiento fue muy humilde, pues se trataba de unas cancioncillas de tema amoroso (por lo general de una doncella que se lamenta de la ausencia de su amado) compuestas de dos a cuatro versos que servían de estribillo a unas composiciones largas, escritas en árabe o hebreo. Esas cancioncillas anónimas, llamadas jarchas, fueron escritas en una lengua hablada por los mozárabes, es decir, por cristianos que habitaban en territorio sometido a los árabes.
Ya mamma, me -w I'habibe
baise no más tornarade.
Gar ké faré yo, ya mamma:
¿No un bezyello lesarade?
Estos cuatro versos del arcaico dialecto mozárabe quieren decir: « Madre, mi amigo / se va y no tornará más. / Dime, qué haré yo, madre: / ¿No me dejará [siquiera] un besito?» Así se expresaban miles de españoles del siglo XI en las ciudades ocupadas por los árabes. El encanto de tales cancioncillas cautivó a muchos escritores árabes y judíos de aquel entonces, y, oídas de humildes labios mozárabes, aquellos escritores cultos y refinados las insertaban en sus poemas cultos como una nota pintoresca y exótica.
Una de las primeras huellas escritas de un tipo de romance parecido al español se encuentra en las notas escritas por un mone en los márgenes de un texto religioso en latín. Estas notas (o glosas) son las llamadas Glosas emilianenses.

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